Cuento ganador del 1er. Premio en el Primer Concurso de Cuento y Poesía "Alfredo Cossi"
    organizado por Sade - Seccional Baradero (2001)


   Inadvertido final

   En el día de nuestro aniversario, Roberto me obsequió el anillo que tanto había soñado. Aquél que contemplaba cada tarde de regreso a casa, en la joyería de Florida entre Viamonte y Tucumán.
   Era la ilusión de poseer lo que había acariciado como sueño irrealizable.
   Al entregarme la ansiada joya, ceñí mis brazos a su cuello y en un gesto de gratitud acerqué mi boca a su oído y dulcemente le susurré ¡Te quiero! Él, emocionado, me respondió ¡Te amo!
   Festejamos el acontecimiento en compañía de amigos, en especial de Clara y Ramón. Con ellos compartíamos todas las salidas e incluso veraneábamos juntos.
   Al poco tiempo, por reestructuraciones llevadas a cabo en la empresa donde trabajaba Ramón, el matrimonio debió trasladarse a la ciudad de San Nicolás.
   Me encontré muy sola sin la presencia de Clara ¡ éramos tan amigas!
   Pero, el hecho que Roberto viajara a Rosario una semana al mes alivió mi pena. De esa forma, podría visitar a Clara..
   Pasó el tiempo y, lamentablemente, mis deseos no pudieron concretarse.
   Sólo podía hablar con Clara por teléfono y también, de tanto en tanto, nuestra escasa comunicación se materializaba a través del correo electrónico.
   La alternativa de vernos fue dilatándose. Así la suerte de nuestra amistad respondió a un hecho pasado.
   Una noche, ya vestida y próxima a partir a una importante reunión empresarial, busqué el anillo para lucirlo en todo su esplendor
   Pero misteriosamente ¡ había desaparecido!
   Excuso detallar que no quedó un solo rincón de la casa sin registrar; literalmente se había esfumado.
   Llorando sin consuelo, comuniqué a mi esposo lo sucedido quién, con el sano propósito de calmarme restó importancia al acontecimiento argumentando que seguramente aparecería en el momento menos pensado. Desgraciadamente, no fue así.
   Pasaron dos años. Una tarde recibí el llamado de una amiga invitándome a compartir un viaje a San Nicolás para visitar el Santuario de la Virgen. Acepté la propuesta barajando la posibilidad de ver nuevamente a Clara .
   El día amaneció brillante y el viaje resultó espléndido. Una multitud desbordaba el Santuario. Pese a ello, logramos sentarnos.
   De espaldas a mí, una señora descansaba su mano derecha sobre el reclinatorio. Me llamó la atención el anillo que brillaba en su mano. Mi ritmo cardíaco comenzó a acelerarse; no podía dar crédito a lo que veía: era mi anillo.
   Me puse de pie y en un impulso incontrolado toqué su hombro con insistencia. La mujer se dio vuelta. Con la sangre martillando mis sienes, vi, desesperada, que era Clara.
   Desde entonces, integro la larga lista de mujeres separadas.

                                                                                                                          Mabel Messina


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